lunes, 29 de octubre de 2012

LOS PUEBLOS DE LA LLANURA CHAQUEÑA

  Tobas, mocovíes y abipones son los pueblos que habitaron originariamente el norte santafesino. En su conjunto, a estos grupos se los unificó bajo el nombre de guaycurúes. En general, se distinguieron por ser hábiles cazadores y recolectores. Estas actividades los obligaron a llevar una vida móvil, desplazándose de acuerdo con las estaciones y las migraciones de las presas de caza.
  Por los constantes traslados, sus viviendas eran desmontables: unas chozas muy rudimentarias construídas con paja, ramas y juncos. Asimismo, fabricaron una serie de utensillos, tanto para resolver problemas de la vida cotidiana como para la guerra, por ejemplo, arcos, flechas, boleadoras, lanzas de madera y hasta garrotes.


ENTRE LA CAZA Y LA RECOLECCIÓN

   Altos y de fuerte constitución física- piernas robustas y anchas espaldas-, los guaycurú no se destacaron por ser agricultores sino que fueron excelentes cazadores y recolectores, dado el interesante medio ambiente chaqueño en el que se desenvolvieron.
   Recogían el fruto de la algarroba –el cual preferían- juntamente con el chañar, el mistol, el molle y la tusca, higos de tuna, ananás silvestres y porotos, como así también las raíces de totora – suerte de junco comestible-.
   Partían todos los días hacia las zonas boscosas, iniciando así la cacería cotidiana que les permitía el sustento alimenticio. Sin lugar a dudas, de entre los animales más peligrosos para atrapar se contaban el tapir y el pecarí (cerdo salvaje de América). También cazaban venados y ñandués.
   Pescaban regularmente, y lo hacían construyendo pequeños diques  en los que se introducían con arpones y redes. Los pescados que no eran consumidos en el momento, eran secados al sol y se los ahumaba.
   Tanto la escasa horticultura como la recolección de los frutos de la tierra estaban en manos de las mujeres, quienes muy tempranamente enfilaban hacia los bosques y palmares, con sus bolsas de caraguatá o cuero de pecarí, sus palas de madera y sus palos para sacar a luz las raíces ocultas por la tierra.
   Por su parte, los hombres hacían de la caza su práctica favorita. Solos o en grupos, se armaban de arco, flechas, lanza y red, y se lanzaban a la aventura. Algunas veces, al igual que algunas tribus africanas, acorralaban a sus presas prendiendo fuego al terreno.  Otras, se mimetizaban con su medio ambiente, cubriendo con innumerable cantidad de hojas y plumas todo su cuerpo y así poder acercarse lo más posible al animal para flecharlo.

¿DÓNDE VIVÍAN? ¿CÓMO ERAN?

   En épocas invernales, cubrían su cuerpo con un gran manto de piel de nutria, el que por dentro contenía pinturas geométricas en color rojo. Más tarde, cuando aprendieron la técnica del tejido, confeccionaron un manto similar al anterior pero hecho en lana, el cual se ata a la cintura por su parte media, por intermedio de una faja realizada también en lana. Vinchas y plumas en la cabeza, pulseras, aros y collares, formaron parte de su atuendo. También sabían usar una especie de mocasín en sus pies.
   Una semi-esfera hecha con ramas y recubierta con paja, les servía de vivienda. Estas chozas, de alrededor de dos metros de altura, se reunían formando poblados. Cuando salían a hacer algún recorrido, sabían fabricar unos pequeños toldos de esteras que servían de paravientos.
   Sabían realizar excelentes tejidos con la fibra del caraguatá y la lana de la oveja, utilizando para ello un simple telar vertical. Respecto de la alfarería, las piezas son muy sencillas y estrictamente utilitarias.
   La familia guaycurú es de las denominadas extensa, ya que en su núcleo sabían coexistir por lo menos tres generaciones –abuelos, padres e hijos-. Eran monógamos (un solo casamiento con una sola cónyuge), aunque se toleró la poligamia cuando era ejercida por los caciques, quienes también podían comprar una esposa o convenir algún tipo de arreglo. Este jefe con poder político también era la manifestación de un poder superior ligado, por cierto, al chamán o mago de la tribu; muchas veces ambas funciones estaban reunidas en una misma persona. El cargo de jefe de tribu era hereditario y ejercía sus funciones ayudado por un Consejo de Ancianos que, incluso, podían llegar a destituirlo si consideraba que no había cumplido con sus tareas de jefe.
   Sin embargo, los guaycurú, que sostenían la creencia en un ser superior – el Koyokotá de los pilagaes o el Ayaic de los tobas- no se incorporaron masivamente ni al sistema de trabajo europeo en las nuevas fundaciones españolas ni a la tarea evangelizadora de los jesuitas y franciscanos.


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